Corría el año 2014 cuando Xianzi, por entonces una becaria en la televisión nacional china CCTV, se quedó a solas con el famoso presentador Zhu Jun en su camerino tras llevarle una cesta de fruta, momento que él aprovechó para manosearla y besarla antes de que la joven pudiera zafarse y escapar. Aunque informó a las autoridades de lo sucedido, tanto la policía como uno de sus mentores universitarios la disuadieron de seguir adelante con el caso esgrimiendo que Zhu ejercía “una influencia positiva para la sociedad”. Ella les hizo caso y trató de olvidar el ­tema.

Pero este julio, mientras el movimiento #MeToo iba ganando tracción en China, Xianzi (pseudónimo que usa en internet) se ­topó en las redes sociales con el relato de una conocida de la infancia en el que denunciaba una agresión sexual. Gracias a aquel testimonio revivió el episodio sufrido años antes y se animó a compartir su historia en Wechat. Después de que una amiga lo republicara en Weibo (el Twitter chino), su historia se hizo viral.

 

 

El Gobierno esgrime mano dura contra los acosadores, pero en privado urge a las mujeres a no denunciar

El presentador reaccionó airadamente negando las acusaciones e interpuso una demanda contra la joven de 25 años por daños a su reputación y a su salud mental, a lo que ella respondió con otra demanda. “Decidí que tienes que usar la ley para probar que lo que dices ocurrió de verdad”, aseguró a finales de septiembre. Este proceso, que está en manos de un tribunal administrativo de Haidan (al noroeste de Pekín), es un punto de inflexión para el movimiento contra el acoso sexual en China, ya que marca el paso de las denuncias virtuales al de la justicia terrenal.

El caso de Xianzi es tan sólo una gota en el océano de denuncias por acoso sexual que durante este año han surgido en China en el mundo académico, los medios de comunicación, oenegés, la industria musical o el ámbito monástico. Tomados en conjunto, todos estos relatos dibujan un cuadro en el que la violencia sexual es algo omnipresente que tiene lugar día sí día también en oficinas, excursiones escolares o cenas de amigos contra mujeres que buscan una educación, una carrera o, simplemente, que quieren vivir sus vidas.

Mucho por hacer en un país que sigue primando al hombre por encima de la mujer

 

 

Hay una fecha que marca oficialmente la entrada del #MeToo en China. Fue el pasado 1 de enero, cuando Luo Qianqian, una académica china afincada en EE.UU., narró bajo la etiqueta #woyeshi (#yo también, en mandarín) cómo hace 12 años su supervisor de doctorado en la Universidad Beihang, Chen Xiaowu, trató de agredirla sexualmente (se libró de él tras suplicarle que parara porque todavía era virgen). Como consecuencia de su denuncia, el profesor fue despedido unos días después, el primero de una serie de triunfos que han dado alas al movimiento en el gigante asiático.

Pero estos éxitos no surgen de la nada. China cuenta con un movimiento feminista nacional de largo recorrido que ha vivido su particular auge en el último lustro. Uno de esos momentos clave se registró en el 2015, cuando cinco activistas feministas fueron arrestadas por preparar una campaña de reparto de pegatinas contra el acoso sexual en el transporte público, lo que provocó una mediática campaña internacional exigiendo su puesta en libertad. Su excarcelación un mes más tarde supuso todo un impulso para el movimiento feminista entre las mujeres del país, especialmente entre las estudiantes y trabajadoras de las grandes ciudades. “Gradualmente, estamos cambiando la conciencia de la gente. Ahora hemos llegado a un punto crítico en que más personas se unen y reaccionan ante estos temas”, aseguró recientemente Zheng Churan, una de aquellas cinco detenidas.

 

 

A escala oficial, la respuesta de las autoridades frente al #MeToo no siempre ha sido la misma. Si en un primer momento dieron cancha al movimiento y sus reivindicaciones –el Ministerio de Educación llegó a prometer “tolerancia cero” para las conductas machistas–, pronto comenzaron a acotar esa tolerancia y a establecer límites, censurando las denuncias y comentarios e, incluso, presionando a algunas denunciantes para que mantuvieran la boca cerrada. “El Gobierno reconoce que hay un problema, pero recela de los movimientos procedentes de Occidente y permanece alerta contra todo aquello que pueda alentar un movimiento social a gran escala. Para ellos, la lucha contra el acoso sexual es menos importante que el crecimiento económico o la estabilidad social”, afirmó Li Maizi, otra de aquellas feministas arrestadas en el 2015.

No hay duda de que queda mucho por hacer en un país que sigue primando al hombre por encima de la mujer. Desde que el Partido Comunista chino ganó la guerra civil en 1949, ni una sola fémina ha ocupado un asiento en el Comité Permanente del Politburó, centro neurálgico del poder chino. En el mercado laboral, diferentes estudios hablan de hasta un 70% de mujeres acosadas en sus puestos de trabajo, mientras que en casa, una de cada cuatro sufre violencia doméstica, algo a lo que la primera ley contra la Violencia de Género aprobada en el 2016 no ha podido poner coto. Aun con todo, “las mujeres están empezando a salir y descubrir el dolor del pasado y a luchar por sus derechos”, resumió la periodista Zhong Ying al diario The Guardian. “El movimiento de este año y los logros conseguidos han demostrado que no pueden ­silenciarnos”.