Lauren Aratani

6 de julio de 2020 23:02h

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La pandemia del coronavirus ha golpeado con fuerza a todas las generaciones. A los ciudadanos de más edad, por las mayores tasas de letalidad, y a toda la sociedad por las incertidumbres económicas que ha generado. A los miembros de la Generación Z, nacidos entre 1997 y 2012, les ha trastocado la existencia. Las repercusiones del virus y de la crisis financiera que ha generado amenazan su modo de vida en los próximos años.

Entre los jóvenes de 16 a 19 años, la tasa de desempleo en EEUU alcanzó en abril un máximo del 31%, más del doble de la tasa nacional (14,7%). Los graduados universitarios que hace solo unos meses se preparaban para entrar en el mercado de trabajo de EEUU en uno de sus mejores momentos, han terminado aterrizando en uno de los peores. Preocupados por las dificultades de sus padres para pagar las facturas, ven como les cancelan las prácticas y los trabajos de verano.

Una buena parte de esa Generación Z sigue en el colegio (los más jóvenes solo tienen ocho años), pero para los mayores lo más probable es que los efectos de esta recesión económica se sientan durante años, los mismos en que ellos comienzan su carrera y tratan de acumular ahorros en una economía que ha quedado reducida a escombros.

Según William Gale, investigador del think tank Brookings Institution, “cuando se producen acontecimientos como estos en los primeros años profesionales suelen quedar cicatrices y los efectos suelen persistir”. “Los trabajos y los salarios disponibles no serán tan buenos como lo habrían sido de no ocurrir esto”.

Se suponía que la ceremonia de graduación iba a ser uno de los mejores momentos de su vida. Stephany Torres (21) pensaba celebrar con amigos y familiares la obtención de su título en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Perteneciente a la primera generación con título universitario de su familia, su plan era comenzar unas prácticas en un despacho de abogados en Los Ángeles para seguir haciendo contactos y averiguando el tipo de derecho en el que especializarse.

Pero tanto la ceremonia de graduación como las prácticas fueron suspendidas. Torres, que es de la zona centro-sur de Los Ángeles, tuvo que volver a casa después de que la despidieran del trabajo en el campus con el que pagaba su alquiler y ayudaba a su madre.

Mientras aspira a un puesto de investigación en la UCLA, ha estado buscando trabajos remunerados en el sector jurídico. “Me había hecho un currículum para conseguir unas prácticas como estas”, dice Torres. “Cuando me quitaron esa posibilidad fue muy duro, tengo muchas dudas en este momento”.

Retrasando decisiones vitales

Los efectos de la última recesión han definido en gran medida a los millennials, nacidos entre 1980 y 1996. Según las investigaciones, los millennials de más edad nunca terminaron de recuperarse del golpe que supuso la última recesión en el empleo y el mercado de vivienda. Se estima que en EEUU la reducción de empleos y salarios de la crisis les hizo perder un 13% de sus ingresos que nunca recuperaron.

La reducción de ingresos crea un efecto dominó porque los millennials en EEUU tienen deudas de miles de dólares por los estudios universitarios y por los gastos en salud. Es cierto que los que no tienen título se libran de las deudas estudiantiles, pero su sueldo es muy inferior y la brecha se ha ampliado en las últimas décadas.

Tener esas deudas dificulta la posibilidad de ahorrar. En EEUU la forma más habitual de acumular capital en forma de activos es adquiriendo una casa y esa decisión se ha retrasado debido a la deuda y al aumento del precio de la vivienda. Los millennials también han retrasado otras grandes decisiones vitales, como la de iniciar su propia familia.

Según Signe-Mary McKernan, vicepresidenta del think tank Urban Institute, “la desigualdad en la distribución de la riqueza ha empeorado en los últimos 50 años y uno empieza a ver qué grupos se ven afectados. Uno de ellos es el de los jóvenes estadounidenses”. “Apenas están llegando al mismo nivel que sus padres. Antes en EEUU a cada generación le iba mejor que a la anterior, pero ya no es necesariamente así”.

La carga de deuda y la falta de ahorros entre los millennials ha tenido graves consecuencias de salud. Según un informe del Centro de Stanford sobre Pobreza y Desigualdad, entre 2008 y 2016 las tasas de mortalidad de las personas de 25 a 34 años aumentaron un 20%, en gran parte debido a suicidios y sobredosis de drogas. Este tipo de muertes, a menudo llamadas “muertes por desesperación”, están estrechamente relacionadas con problemas económicos que llevan a las personas a perder la esperanza.

Como los miembros de la Generación Z se apresuran a decir, ellos no son iguales a los millennials. Pero según el profesor David Grusky, responsable del informe de Stanford, los millennials han servido de “conejillos de indias que han demostrado lo perniciosos que son estos problemas”.

Hay ciertas señales de que la Generación Z ha tomado nota de lo que le ocurrió a sus mayores. A principios de este año, un estudio demostraba que eran más precavidos que los millennials con el dinero y menos propensos a pedir préstamos para estudiar.

Cyril King (18), de West Haven (Connecticut), se retiró de la facultad de sus sueños porque la universidad le pedía que pusiera 35.000 dólares de su bolsillo, demasiado para él después de perder su trabajo. Decidió inscribirse en la Colgate University, que le daba una ayuda financiera mayor y le garantizaba que se graduaría sin deuda. “Tengo sueños y aspiraciones. Quiero ayudar a la gente. Quiero ser un abogado, con suerte representando a gente que no tiene a nadie que la represente. Ir a la facultad de derecho es algo diferente, y si consigo salir sin deudas, es perfecto para mí”, dice.

Con las medidas de confinamiento, muchos miembros de la Generación Z están viendo a sus padres pasar dificultades por haber perdido el empleo o por sufrir reducciones en las horas de trabajo y se dan cuenta de que en este momento su familia no puede enfrentar un gasto tan grande como la matrícula universitaria.

En su último año de secundaria, Taylor Pittman (17), de Nueva Orleans (Luisiana), se ha fijado el objetivo de obtener una beca que financie el 100% de sus estudios universitarios. Para este verano tiene cuatro contratos de prácticas mientras sus padres trabajan y ella ayuda a cuidar a su hermano pequeño. “De verdad que solo quiero que la universidad no cueste nada para que mi madre y mi padre no tengan que angustiarse con nada de eso”, dice. “Los bolsillos de mi mamá y mi papá solo pueden estirarse hasta cierto punto”.

Jonathan Donis (17), de Los Ángeles, ha hecho un listado con las escuelas que le proporcionaban suficiente ayuda financiera para graduarse sin deudas. La pandemia golpeó duramente a su familia. A sus padres, ocupados en trabajos esenciales que no pueden realizar desde casa, les han reducido la jornada y están cobrando menos.

Donis comenzará en otoño en la Universidad de Stanford y espera poder aprovechar su educación para ayudar un día a sus padres y a sus hermanos pequeños. “Mis padres siempre bromean y me dicen cosas como: ‘me vas a comprar una casa cuando te gradúes, ¿verdad?’” cuenta. “Yo les digo que sí. Quiero tener una casa. Quiero tener un buen coche. Todas esas cosas que ves que otras personas tienen y que tú no tienes. Creo que es una de las cosas que quiero hacer, ayudar a mis padres y también a mis hermanos”.