Atribulado por problemas internos y cuestionado desde las propias filas conservadoras, Boris Johnson ha respondido lanzando varias granadas de mano en dirección a la UE y enviando a Bruselas el equivalente del burofax de Messi. No anuncia que el Reino Unido quiere irse, porque ya se ha ido, pero sí amenaza con romper aspectos clave del acuerdo de salida y pone un ultimátum para la conclusión de un acuerdo comercial: o antes del 15 de octubre, o nada.

El problema de Johnson es que no es el equivalente político de un Messi, ni siquiera de un Cristiano Ronaldo. Y más que como una estrella, por caprichosa que sea, se ha comportado como un tragafuegos de circo. Habrá que esperar unas semanas para descubrir si la UE se amilana por la perspectiva de una salida por las bravas, con tarifas, aranceles y toda la pesca, y cede a las presiones de Londres, o si el primer ministro se quema la boca.

El órdago de Johnson consiste en la presentación esta semana a la Cámara de los Comunes de dos explosivas leyes que “clarifican” el acuerdo de retirada tan arduamente trabajado, que le costó el cargo a Theresa May y abrió las puertas a Johnson tras una purga de los eurófilos tories. En virtud del mismo se decidió (aparte de cuestiones de dinero y los derechos de los ciudadanos) que Irlanda del Norte quedaría parangonada a nivel de tarifas con la UE en vez de con el resto del Reino Unido, para evitar la existencia de una frontera con controles entre el Ulster y la República, con las consecuencias que ello podría tener para la paz en la región.

Juego de palabras

Downing Street dice que no reniega del acuerdo de salida pero quiere “aclararlo”

Los unionistas irlandeses y los euroescépticos nunca se sintieron satisfechos con esa fórmula por considerarla un atentado a la soberanía nacional, y tampoco Boris Johnson, que tan solo la aceptó a regañadientes para evitar un Brexit duro. Pero varias veces en los últimos meses ha advertido que, diga lo que diga el tratado suscrito, no se pagarán tarifas por las mercancías que circulen –en cualquiera de las dos direcciones– entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña, y que las empresas norirlandesas no tendrán que rellenar formularios de aduanas. Es lo que ahora quiere convertir en ley. Un portavoz de Downing Street aseguró que no se trata de romper o descartar el acuerdo de salida, sino de “matizarlo, mejorarlo y aclararlo”. A beneficio propio.

Tanto Bruselas como Dublín lo ven de manera completamente diferente. Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ha advertido que “el cumplimiento de las obligaciones internacionales por parte de Londres es un requisito para poder negociar de buena fe el pacto comercial”, mientras que el ministro irlandés de Asuntos Exteriores, Simon Coveney, ha afirmado que “el Gobierno británico se juega su credibilidad internacional”.

Los diplomáticos europeos, atónitos, no saben cómo interpretar la jugada de Johnson en el tablero de ajedrez del Brexit. ¿Va en serio? ¿Está de verdad dispuesto a salir de la UE sin un acuerdo comercial? ¿Va a poner en riesgo el prestigio del país desdiciéndose de lo ya firmado? ¿Cree que sus interlocutores darán marcha atrás? ¿O está preparando el terreno y ganándose la confianza de los euroescépticos para hacer concesiones de última hora?

Reacciones

Bruselas y Dublín avisan a los británicos de que se están jugando su prestigio internacional

Hoy comienza la octava ronda de negociaciones entre Londres y Bruselas, con dos patatas calientes: las cuotas de pesca y los subsidios estatales. Dominic Cummings, el maquiavélico asesor de Downing Street, ha comido el coco a Johnson y le ha convencido de que, más que un acuerdo comercial, lo que el Reino Unido necesita es crear un sector tecnológico fuerte y la libertad de ayudar a las empresas siderúrgicas y del automóvil en apuros, para lo cual necesita poder divergir de las regulaciones de la UE en materia de subsidios, ayudas estatales, normativas medioambientales y laborales. Y o bien Bruselas se lo concede, a riesgo de abrir las puertas a una competencia desleal y poner en riesgo el mercado único, o bien adiós y tan amigos, como le dijo Messi al Barça antes de recular.

El pragmatismo ha desaparecido de la política británica y Johnson cree que puede ocultar los perjuicios económicos de un Brexit duro en el caos de la pandemia. Es al mismo tiempo un soldado acorralado que dispara toda su munición en busca de una salida y un artista de circo que se mete fuego en la boca. Por suerte, los casinos permanecen cerrados, porque las apuestas de Boris son tan altas que ya se habrían agotado las fichas.